Clases

Apuntes, esquemas, actividades...

Maravillas de Sayago

16 de mayo de 2021 por Arturo J. Murias

La Cigüeña Negra

Cigüeña Negra

En las pedregosas laderas del arribanzo, lejos de cultivos y de zonas de pastoreo intenso, habita una de nuestras aves más emblemáticas y esquivas. Justo al contrario que su pariente, la cigüeña blanca, la negra no nidifica en zonas próximas al Hombre, sino en lugares recónditos, sobre roca o en árboles de gran porte.

No has de pasar frío para verla, pero no es nada fácil hacerlo. A España llegan en verano no muchas más de 400 parejas para reproducirse: algunas lo hacen en los Arribes, y es entonces cuando puedes intentar observarlas. Otras muchas cruzan nuestro país en primavera, camino de Europa, y en otoño, camino de África, pero no atraviesan nuestra comarca. Y en invierno sólo unas pocas se quedan en la península, aunque más al sur: en las marismas del Guadalquivir y en algunos embalses extremeños.

Búscala volando en la cercanía de sus nidos, vadeando arroyos, pescando en charcas, o paseando por prados húmedos. E identifícala por sus largas patas de color naranja, su lomo, cabeza y cuello negros, y su rojo pico.

La Musarañita

Musarañita

Es el mamífero más pequeño de Europa. Otra rareza, pues. Para que te hagas una idea, pesa poco más de 2 gramos (por lo que no deja huellas), y su cuerpo va de los 3 a los 5 cm, sin contar una cola que mide la mitad. Además, es crepuscular y nocturna, y de hábitos bastante recatados, así que ya te puedes imaginar que no te va a ser fácil verla.

Pero tiene una debilidad, y por ella la puedes pillar. Es su voracidad. Su metabolismo es tan acelerado, que si estuviese dos horas sin comer moriría en poco tiempo. Por ello puede ingerir en un día el doble de su peso en comida. Imagínate si haces tú eso.

Busca el alimento con los abundantes pelos táctiles de su hocico. Este es bien largo, como en todas las musarañas, y gracias a él puede husmear en los escondrijos de sus potenciales presas, ya sea en el suelo, en las rocas o en nuestras cortinas. Y para pasar desapercibida entre los granitos de Sayago, nada mejor que ese color grisáceo que tiene, no sea que los escarabajos, ciempiés, arañas y saltamontes la vean antes que ella a ellos.

Y si prefieres pillarla descansando, recuerda que durante el día se refugia en troncos caídos, entre las grietas de las cortinas o debajo de los matorrales. No digas que no te doy pistas. Y si aún así no la encuentras, pídele ayuda a una lechuza. No te la va a devolver entera, no, aunque a lo mejor puedes identificar sus minúsculos huesecillos en una egagrópila regurgitada por la rapaz…

El Gallipato

Gallipato

Pues no. No es mitad pollo y mitad pato. Es un anfibio verde (o pardusco) verrugoso y grande (de hasta 40 cm). Y no un reptil, que no tiene escamas; es pariente, por lo tanto, de ranas, sapos, salamandras y tritones.

Así que ya sabes dónde encontrarlo: cerca del agua, en las charcas, en arroyos de poca corriente, en pozos, en albercas... O mejor aún: dentro. El gallipato quizás sea el anfibio más torpe en tierra, pero sin duda es el mejor nadando: para ello tiene una cola grande y plana, que le ayuda a batir el agua con fuerza, y una cabeza aplastada, para ofrecer poca resistencia cuando se desliza dentro de ella.

Es carnívoro, y no le hace ascos a casi nada. De hecho, es un peligro para los renacuajos de la charca (además de crustáceos, gusanos, insectos…). Para defenderse de aves y culebras tiene un mecanismo sorprendente: consigue desplazar los extremos de sus costillas hacia los costados, asomando en forma de agujones, que han quedado impregnados en sustancias desagradables o tóxicas por unas glándulas que tienen en la piel... Si se da prisa haciéndolo, puede que así consiga salvar la vida.

Otra peculiaridad: si ves una pareja en celo, el más grande que está arriba no es él. Es ella. Él es quien carga con su pareja reproductora, y la sujeta con unas callosidades negras que le aparecen en brazos y patas durante la época nupcial. No se vaya a caer, después de lo que ha costado convencerla…

El Silencio

En el Mirador de las Barrancas

Al atardecer, en el Mirador de las Barrancas, dejando que se acerquen los buitres, quizás algún águila, dejando que todos los afanes y cuitas se desvanezcan cañón abajo, hacia la modesta y liviana persistencia del arroyo Pisón. O junto al puente de Requejo, sin molestar a los aviones roqueros, dejando tranquilos a los vencejos reales; sintiéndolos, no viéndolos; dejando que te sientan ellos a ti. O en la Peña Redonda, mientras los alimoches se alimentan de lo que ya no tiene vida, alimentándote tú de la misma paz en la que se está solazando una pareja de abejarucos. O en el Banco del Huyón, donde sólo te devolverá al mundo el aleteo crepuscular de un pequeño grupo de gansos que retornan a casa.

El Arribe es un lugar al que llegar andando entretenido con los colores de los narcisos, los ranúnculos, las dedaleras, los cantuesos; respirando el aire que limpian encinas, alcornoques, rebollos, enebros, tomillos y torviscos; y ahuyentar cada palabra que cruza tu mente con el mismo fuelle de la respiración. Sentarse después en una losa de piedra caliente, contemplando cómo a ti acuden pensamientos de un pasado del que sólo recuerdas retazos mal escogidos, y de un futuro del que no sabes casi nada por mucho que te asuste. Contemplarlos, dejar que pasen. Y así, abandonar el mundo y volver a la realidad.