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Buen Camino

16 de mayo de 2021 por Arturo J. Murias
1

-¿Es usted don Javier Beúnza?

El hombre estaba agachado sobre unos capiteles de piedra en el patio de la Casa de la Cultura de Sangüesa.

-Pues… sí, sí, yo soy… ¿Qué quieres?

-Mire, soy un peregrino del Camino de Santiago, y en esta guía que tengo aparece usted como la persona que aloja a los peregrinos aquí, en Sangüesa.

-¡Anda! ¿Ah sí?... Pues no sabía… ¡Vaya! A ver, déjame ver esa guía por favor…

-Claro. ¡Aquí tiene!

El hombre mira la guía y ve su nombre. No se lo esperaba. Está contento, pero claro, tal distinción supone también una nueva responsabilidad.

-Hombre, la verdad es que yo soy muy entusiasta del Camino de Santiago… La cosa es que no alojo a los peregrinos… Pero espera, majo, que te busco algo… ¡Vaya mochila que llevas! ¿Pesa, no?

La mochila en cuestión era un artefacto de tortura con una armadura metálica exterior, en cuya parte inferior había que llevar encajado y atado el saco de dormir, es decir, por fuera de la propia bolsa de la mochila, la cual, por su parte, era absoluta y pánfilamente permeable al más modesto de los sirimiris. El artefacto ejercía su castigo del mismo modo que aquella gota de agua que cada pocos segundos, y durante días, semanas, quizás meses, horadaba el cráneo de aquel prisionero de un relato de Poe, sumiéndole de forma progresiva en la angustia, en el dolor y en la locura.

Bueno, vale, que para tanto no era. Pero pesaba. Asustaba tanto verla que, dos días antes, el cura que me había dado albergue en el Hogar del Transeúnte de Cáritas en Jaca, después de mirarla a ella y de mirarme a mí, me aseguró que yo nunca llegaría a Santiago. Menos mal que soy un inconsciente… o que cada nuevo día lo siento como una sábana en blanco en el que todo puede pasar… y no le di importancia. Me pesaba más la mochila que la lógica. Eso sí, no sólo era el peso: sus correas se me clavaban en los hombros. Y los bultos en la espalda. Y la armadura en las caderas. Y así a cada paso de aquellos maravillosos 500 km de mi primer Camino, allá por julio de 1989.

2

-Vaya, Arturo… Tenemos un problema…

-¿Y cuál es, señor Beúnza?

-Sí, que hoy es fiesta, y está todo el mundo a los toros.

-¿?

-Bueno, yo creo que si te meto en el local de la parroquia no pasa nada… Y si viene el coadjutor, tú le explicas ¿vale?

-Vale. ¿Me da una llave?

-¿?

-Vale... ¡Mil gracias, don Javier!

-De nada hombre. ¡Buen Camino! ¡Y reza por mí en Santiago...!

El coadjutor no llegó nunca, así que a nadie pude agradecer que me acogiera en su casa y de nadie pude despedirme a la mañana siguiente. Pero yo descubrí que siendo peregrino se puede dormir con la puerta de casa abierta, sobre un par de bancos de polideportivo, y ducharse con el agua del lavabo. Que eres bienvenido siempre. ¡Que casi tienes un estatus! Que puedes vivir con todo lo que necesitas a cuestas… y una 4B. Que todo puede ser nuevo a cada paso. Que puedes hacer la colada en el mismo lavabo en el que todo el mundo se lava los dientes. Y que un buen tendedero al sol es tan importante como una buena cama.

Todo eran novedades. Todo era intenso. Tan intenso que ésta mi tercera etapa la había tenido que plantear como un descanso de tan sólo 13 km. La anterior me había llevado al monasterio de Leyre entre la espesura de un bosque de pinos y la angustia de tener que llegar antes de la hora en que los frailes cerraban sus puertas a todo bicho viviente. Y la primera, entre Jaca y Berdún, había terminado ya de noche. Iba tan agotado por aquella infinita recta que llevaba al pueblo, que era incapaz de dirigir mi mente, de hacerle producir un sólo pensamiento con algo de sentido. Nada más que tonterías que llegaban, se iban, volvían... "¿Qué estoy haciendo yo aquí?, tarariii, que termine ya, tararaaa, y no me queda agua, tarariii, ¿dónde podré dormir?, tararaaa…" En ese plan.

Y si tal era el panorama al norte de mi persona, ¿cuál era la situación al sur de mi peregrinante cuerpo?

Pues bien: al sur más austral estaban ellas: ¡las ampollas! Estas sí que fueron unas compañeras persistentes. ¡Y eran enormes! Los peregrinos, los hospitaleros, los empleados de los bares donde paraba… todos se asustaban al verlas. Y todos me daban consejos: el más majadero fue que me envolviera los pies en gasas cada mañana. Pero era imposible mantenerlas fijas y bien estiradas durante toda la jornada, así que se formaban arrugas, y con la fricción… pues ¡hala! ¡más ampollas! No es de extrañar que las farmacias le pintaran a uno la más amplia de las sonrisas en la cara. Tenían toda clase de golosinas: esparadrapo, tiritas, desinfectantes, antiinflamatorios, analgésicos… ¡Todo un mundo de color y fantasía para el peregrino y la peregrina!

(Y por si algún lector/a se está planteando la peregrina idea de peregrinar el Camino, le doy la solución al acertijo: las ampollas se previenen embadurnando bien los pies con vaselina cada mañana; se abortan, si son incipientes, con jugo de limón; y se tratan cosiéndolas con hilo y aguja bien desinfectados. Que algo ha aprendido uno.)

3

-¡Así nunca llegará usted a Santiago!

¡Otro! ¡Dos en un día! ¿Tan obvio resulto? ¿Es que no puede uno echarse un cigarro en el Camino? ¿O sólo pueden los que llevan menos de 15 kg en la mochila? ¡A ver! ¡Explíquese!

Menos mal que “los de fuera”, los que no eran peregrinos, solían pararme para algo bien distinto.

-¡Hala Jorgi! ¡Súbete a ese árbol para que te vea este señor!

-¡!

-Ya verá usted lo bien que se sube al árbol, ya verá...

Amando había venido corriendo mientras yo estaba sentado junto a la fuente de un pueblo de la Maragatería. Vino a conocerme, a aprender de mí, a darme fruta, conversación y hasta entretenimiento. Pero su hermano de 7 años, como es natural, tenía su dignidad. Él no era un monito de feria, y no le daba la gana subirse al árbol. Así que Amando se puso a charlar conmigo, lo que significaba tener que someterse a la Gran Pregunta:

-¿Y por qué hace usted el Camino?

En 1989 todos te la hacían. Hospitaleros, peregrinos, niños, viejecitas... Todos. Y qué difícil es saberlo. Yo no lo sé. Sólo sé que estoy bien así. Pero esa pregunta me resulta como un espejo que pone frente a mis ojos la inconsciencia en la que uno vive. Esa pregunta me lleva a querer aterrizar en mí y en este momento, a mirarme despacio y a descubrir por fín quién soy y qué hago aquí. Como poco, es un bofetón que me pide que abandone los entretenimientos y que me pare a mirar y a ver.

Quizás lo bueno del Camino sea cuando, hambriento, sediento, cansado, quemado por el Sol o perdido en la falda de un monte… te paras. Entonces estás. Más que nunca. Sólo hay un trozo de un camino de tierra, cantos de grillos y cigarras, siseos de hojas, rayos de luz pasando a través, el agua que corre, el ruido lejano de la granja, la lata dejada con descuido por el que pasó antes, un trino… Y estoy yo, en ese transparente momento en el que no espero nada.

4

Caminábamos con linternas por el arcén de la carretera. Las cenizas de un eucaliptal incendiado caían sobre nosotros. Hasta las 12 de la noche no llegamos a Arca do Pino. Cena de lata, ducha de lavabo y cama de cartón sobre baldosas. Pero yo ya no tenía compañeros de marcha; dormía entre hermanos: Javi, José-María, Jaume, Juan, la que era como una hormiguita…

Con ellos llegué a Santiago a la mañana siguiente. Espero haberme acordado de todos los que detuvieron sus pasos, su coche o incluso su camión para pedirme que los recordase al abrazar al Santo. Pienso que todo el que te pide que reces por él, se merece, como poco, el halo sanador de tu afecto.

Pero lo que yo sí que me merecía —me lo había ganado— era mi certificado de buen peregrino, la “Compostela”. Recuerdo que mientras me la preparaba, el futuro cardenal me preguntó que si yo era de allí.

-No, no… Soy de Zamora.

-¡Ah! Es que como te mueves como Pedro por su casa…

Ufff. De todo tiene que haber en el majuelo de Jehová. Al hombre no le gustaban mis gestos relajados, confiados, propios del que llega a casa tras haber pasado lo suyo, como Ulises a Ítaca, y le reciben… pues eso, los de casa: Argos, Telémaco, Pe y toda la peña.

Pero no. Estaba en casa ajena y bien claro me lo dejó don Antonio. El caso es que al final tuve en mis manos el folio de color pergamino que yo iba a buscar. En él ¡oh sorpresa! venía mi nombre en latín. “Arturum Josephum”. Toma ya.

¡500 km a pie para ver tu nombre escrito en latín!

Bueno, algo más habría, ¿no?

Pues claro que sí: antes de Santiago hubo libertad, fraternidad, comunión, descubrimiento, superación, hospitalidad… pero el final que me esperaba me bajó de la nube a patadas.

Ya no había más Camino por delante, y pese a que sé que la misma sensación de desorientación la han tenido miles antes y después de mí en ese mismo lugar, la lluvia, la piedra y el cielo gris de Santiago se abatieron sobre mí, tan encogido en aquel rincón de la gran plaza, frente a la Catedral. “Vente con nosotros” me decían los amigos. Y yo les decía que no, aunque como siempre en estos casos, lo que en realidad quería hacer era todo lo contrario.

Así que me vine abajo. Con mis 15 kg de mochila y otros tantos de lágrimas. Y dos días después, ya en casa, arriba. Tan arriba que había empezado a hacer la lista de enseres, útiles, ropa y mandangas para mi segunda peregrinación. Porque como dice mi libro de Vipassana, “Esto también pasará”.